En mis ya abundantes años de vida, he comprobado la necesidad que todos tenemos de ser felices.
Tengo la sensación de que toda persona tiene una gran parte de sí que es bondad, que es belleza, que es generosidad, que es... en una palabra BIEN.
La tragedia es que no dejamos que ese BIEN ejerza como tal. Siempre que estamos juntos, si te das cuenta, fácilmente captas que poniendo en común el BIEN que podemos hacer todos, se consigue lo que parece imposible.
Podemos probar a acercarnos a remediar o a socorrer a un amigo que está en crisis, que tiene algún contratiempo. Solo con una llamada, con un gesto, con un intentar buscar una salida, solo con que cada uno aporte algo... enseguida nos encontramos con muchas posibilidades para aliviar a quien carece de algo.
Por mi condición de franciscano, poco a poco me voy convenciendo de que es preferible aprovechar al máximo el BIEN que hay en cada persona, que no el utilizar el reproche o la desconsideración.
Dios, no busca otro milagro, que el conseguir que cada una de sus Criaturas no dificulte que el BIEN que ha depositado en cada una de ellas, llegue a los demás. La felicidad y el bienestar no tienen otro misterio. Basta con luchar y soñar para que llegue el día en que todos dejemos vía libre al BIEN.